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Menos piropos, más respeto

21:00

“Diablo mami tú sí ‘tá buena”, “Esa jeva ‘tá tó’ la vaina”, “Muñeca, te hago de tó’”. Estas son apenas algunas frases que resuenan a diario en cualquier esquina dominicana. Estos comentarios callejeros, conocidos como piropos, suelen venir acompañados con miradas lascivas, silbidos intrusos y gestos obscenos.
Pudiera causar asombro que muchas mujeres no los consideran como halagos, ni como algo que ellas ‘piden’, ni una molestia inofensiva. Todo lo contrario. La realidad es que estas supuestas lisonjas causan daño a la integridad de la mujer y su acumulación puede hacer que las mujeres afectadas se sienten incomodas, desvalorizadas y agredidas. Incluso, podría resultar que mujeres eviten lugares determinados o crucen la calle para esquivar un grupo de ofensores potenciales. Por lo tanto, el temor de comentarios sexistas puede limitar la libertad para moverse en el espacio público.
La práctica de lanzar piropos a mujeres en público está tan profundamente arraigada en nuestra cultura y nuestras interacciones cotidianas que se dan por sentada y raramente se cuestiona. Para muchas personas parece una conducta normal, producto de la interacción cultural, y la mayoría de las mujeres ha aprendido a aceptar, ignorar o soportarlos. Por supuesto, el problema no radica en los piropos como tal, sino en la forma en que se utilizan. El núcleo de la problemática es que un hombre desconocido se atribuye el derecho de comentar de manera pública el cuerpo de una mujer.
Es interesante que no vemos a ninguna mujer lanzando piropos como “Moreno, que lindo culo” o “Diablo papi, ¿y tó’ eso es tuyo?” en las calles dominicanas. En nuestra cultura, solo los hombres tienen licencia social de decir lo que ellos quieran en el momento que lo deseen. Es una práctica normal que el hombre siempre aborda y la mujer siempre calla. Este comportamiento revela que se considera el cuerpo femenino como bien común que está dispuesto a someterse al placer masculino. De hecho, son los hombres que tienen el poder de construir el rol inferior de las mujeres y son ellos que tienen la autoridad de reducirlas a su dimensión sexual.
Hablemos claro acerca de esto. Hostigamiento callejero no es un cumplido, ni una molestia menor, ni culpa de la mujer. Es un comportamiento de intimidación y una expresión de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres. Y sólo porque es parte de nuestra cultura no significa que no debe ser cuestionado.
¿Cómo responder? ¿Ignorarlo? ¡De ninguna manera! Es necesario y urgente hablar cuando somos testigos de actos de hostigamiento público y tenemos que animar a más mujeres a compartir sus experiencias. De este modo, podemos trabajar hacia una cultura que no desestime acoso verbal como el precio que se paga por ser mujer.
En este proceso es indispensable contar con el apoyo y la voluntad de los hombres. Es una prueba de coraje para nuestros padres, hermanos, tíos, hijos y compañeros de no ser espectadores, de no reír juntos con los ofensores, sino de intervenir cuando una mujer está ante una situación incomoda. No debería ser una sorpresa que la mejor estrategia de captar la atención de una mujer, y quizás ganar su corazón, es muy simple: tratarla con respeto y dignidad.
 
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